No recuerdo lo que estaba pensando aquella mañana de abril, de las últimas de aquel mes. No recuerdo cómo era el clima, si era cálido o frío, si llovía o hacía sol. Eso detalles se me esfuman de la memoria. Solo recuerdo la frustración por lo que venía, que no me sentía preparado para encarar aquello, que sentía un gran peso sobre mi pecho, como un gran peñasco de aquellos que adornaban las riberas de mi infancia en Puerto Rico. Pero no estaba en Puerto Rico, sino el la Florida, el otro municipio boricua, que para aquella época ya contaba con muchísimos hijos del mar y el sol que se habían trasladado a sus orillas a vivir, a buscar una mejor vida.
En mi caso, el deber militar me llevó hasta aquellos lares, y fue en la ciudad de Jacksonville donde me encontraba, cuando se suponía que me uniera a los rangos de la paternidad, por primera vez. No sé quién tenía más miedo, si mi joven esposa o yo, creo que yo. Nada me había preparado para aquella misión, nada.
La misión de traer a aquel niño al mundo había sido planificada por nosotros, los jóvenes padres, como si se tratace de algunas vacaciones: primero ocurrirá esto, luego aquello otro… y así, todo estaba planificado. La fecha pronosticada por el personal obstetra vino y pasó y el niño no quería nacer, como diciendo, “¿Quienes se creen ustedes que son? ¿Dios?” El chico no quería llegar.
Mi supervisor militar, quien había sido padre ya tres veces y criaba adolescentes, previó todo esto, y había decidido enviarme a un entrenamiento especializado en una base en la Florida, cerca del hogar de mi familia, para que estuviese cerca de mi nuevo hijo y mi esposa por las cinco semanas que duraría el entrenamiento. El truco era que tenía que regresar a Carolina del Sur a recoger mis órdenes militares para dicho entrenamiento antes de reportarme al mismo, y mi esposa ya estaba en el piso de maternidad tratando de dar a luz. La dejé una noche, como a las once de la noche, y me dirigí a mi base militar, 197 millas a la distancia, a recoger dichas órdenes y regresar cuanto antes.
Decimos los boricuas, “Ese iba como alma que lleva el diablo,” cuando alguien va muy rápido por la carretera. Pues yo creo que llevaba no al diablo, sino a varios ángeles resguardándome, pues llegué a la base, regogí las órdenes en la caseta del guardia del portón principal, y me regresé de inmediato.
De regreso, atravecé una tormenta eléctrica, y uno de los rayos que cayó impactó mi vehículo, sin ningún daño. Seguí manejando a una velocidad descabellada, hasta que ya estaba cerca del hospital militar donde nacería mi hijo. Fue entonces que fui detenido por un oficial de la ley y el órden, del estado, quien me ordenó me bajara del vehículo con las manos en alto, y apuntándome con su arma de reglamento se aprestaba a arrestarme por exceder el límite de velocidad en exceso de 20 millas por hora (me registró a 130 millas por hora en una zona de 55 millas por hora), lo cual era una ofensa meritoria del arresto en aquellos tiempos.
Al verme uniformado, indagó el por qué de mi velocidad, a lo cual contesté con la verdad: estaba camino a entregar mis órdenes en una base cercana para luego dirigirme al hospital militar a ver a mi hijo nacer. Al parecer, me creyó, pues me dijo, “Sígame.” Y me llevó bajo escolta a la base militar cercana, donde me registré con mis nuevas órdenes y me fui al hospital militar, que estaba en otra base cercana a ver a mi hijo y a mi esposa.
El policía me escoltó hasta el hospital y me siguió. Corrimos siete pisos por las escaleras, pues yo no tenía paciencia para esperar el elevador, y llegamos cansados al séptimo piso, el de maternidad, donde me reconocieron, me ayudaron a vestirme con la ropa de cirugía y me llevaron hasta donde mi esposa justamente estaba trayendo al mundo a mi primer hijo. Yo olvidé todo. Solo tenía de frente a una esposa y a un nuevo bebé.
Al ver aquella nueva vida, el peso se levantó de mi pecho y se depositó en mis espaldas. Era ahora mi responsabilidad proveer y cuidar a aquel niño. No sabía exactamente como hacerlo, pero me llegaron ideas, y entonces el pequeño tomó mi dedo con su mano. Aquel contacto fue como uno imagina que Adán se siente en la pintura de Miguel Ángel al toque del dedo de Dios. No digo que mi niño fuese un ente divino, pero el toque era Dios diciéndome, “Aquí te encargo a este niño hijo mío. Cuídamelo.” Sonreí y acepté la encomienda.
Tuvieron que haber pasado unos 45 minutos desde que entré a la sala de parto hasta que salí de ella, cargando a mi hijo para llevarlo a donde ponían los bebés para monitorearlos. Fue entonces que vi al policía. ¡Dios mío: el guardia!
—¡Felicidades, Cabo! Venga por acá. Lamentablemente tengo que multarlo.
Y con gusto acepté la multa de 289 dólares, pues todo valía la pena.
Si te ha gustado el contenido, considera suscribirte a mi boletín o enviarme un comentario a author@eltinterodecaballero.com.
Comentarios
Publicar un comentario