Hay un momento muy curioso en la vida de todo escritor.
Durante meses, y a veces durante años, una historia nos pertenece casi por completo. La imaginamos mientras conducimos, caminamos o intentamos dormir. La corregimos una y otra vez. Cambiamos palabras, escenas, personajes. Vivimos con ella.
Pero llega el día en que el libro se publica.
Y entonces ocurre algo que pocos mencionan.
La historia deja de ser solamente nuestra.
No deja de llevar nuestro nombre. Las leyes de derechos de autor seguirán diciendo que somos sus autores. Pero, en un sentido más profundo, la obra comienza una vida propia.
Se parece mucho a ver crecer a un hijo.
Llega el momento en que uno comprende que ya no puede vivir por él. Solo puede verlo caminar su propio camino.
Con los libros ocurre algo parecido.
Entre millones de títulos, un lector encuentra precisamente el tuyo. Quizás fue la portada. Quizás el título. Tal vez una recomendación. O simplemente la curiosidad.
Lee unas páginas.
Luego otras.
Y, sin darse cuenta, entra en el mundo que construiste.
Pero aquí ocurre algo extraordinario.
Aunque las palabras son las mismas para todos, el mundo que cada lector imagina nunca es exactamente igual.
Yo describo un bosque.
Un lector recuerda el bosque donde jugaba de niño.
Otro imagina un sendero que recorrió durante unas vacaciones.
Otro ve un paisaje completamente distinto.
La historia comienza a multiplicarse.
Ya no existe un solo mundo.
Existen tantos mundos como lectores.
Y eso me parece una de las cosas más hermosas de la literatura.
También cambian las interpretaciones.
Como escritores solemos creer que sabemos exactamente qué estamos diciendo.
Hasta que llegan los lectores.
Entonces alguien encuentra esperanza en una escena que para nosotros era simplemente un puente entre dos capítulos.
Otro descubre una enseñanza en un personaje secundario.
Otro nos escribe para decirnos que una frase apareció en el momento exacto de su vida en que necesitaba leerla.
Y uno piensa:
"Jamás imaginé que alguien encontraría eso ahí."
La obra empieza a enseñarle cosas a su propio autor.
Como un hijo que, al crecer, desarrolla talentos y virtudes que sus padres nunca anticiparon, un libro termina teniendo una historia que ya no controlamos.
Y eso está bien.
Mucho se habla del control artístico.
Es importante mientras la obra aún está en nuestro taller. Allí cuidamos cada detalle, corregimos, pulimos y tomamos decisiones conscientes.
Pero una vez el libro sale al mundo, el control termina.
Lo que ocurra después pertenece a los lectores... y, si se me permite decirlo, también pertenece a Dios.
Ellos decidirán qué conservarán en su memoria.
Qué personaje los acompañará durante años.
Qué idea volverá a sus pensamientos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.
El escritor ya no puede decidir eso.
Solo puede contemplarlo con una mezcla de humildad, gratitud y asombro.
Quizás esa sea una de las mayores recompensas de escribir.
No vender ejemplares.
No recibir una buena reseña.
Ni siquiera publicar un libro.
Sino descubrir que unas palabras que un día nacieron en el silencio de nuestro escritorio encontraron un hogar en la imaginación de otra persona.
Y desde allí comenzaron una vida completamente nueva.
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