Hace algunos años, si alguien me hubiera preguntado en qué idioma escribiría mis libros y artículos, probablemente habría respondido sin pensarlo demasiado:
—En español.
Después de todo, el español es mi lengua materna. Es el idioma de mi infancia, de mis padres, de mi barrio, de mi patria y de la mayor parte de las personas que han formado mi vida. Es el idioma en el que aprendí a contar historias y en el que todavía sueño muchas veces.
Sin embargo, hoy escribo tanto en español como en inglés.
Y aunque parte de esa decisión es estratégica, otra parte es profundamente personal.
Una razón práctica
Comencemos por la respuesta sencilla.
Escribir en dos idiomas me permite llegar a más personas.
El español es hablado por cientos de millones de personas en el mundo. El inglés también. Publicar en ambos idiomas abre puertas que de otro modo permanecerían cerradas.
Como escritor independiente, eso tiene sentido.
Cada libro requiere tiempo, esfuerzo y años de experiencia acumulada. Si una historia o una idea puede servir a lectores en más de una lengua, ¿por qué limitarla innecesariamente?
Pero esa explicación, aunque cierta, es incompleta.
Si todo se redujera a números, probablemente no seguiría haciéndolo.
La razón principal es otra.
La realidad de muchos puertorriqueños
Puerto Rico tiene una relación peculiar con los idiomas.
Vivimos entre dos mundos lingüísticos que a veces cooperan y a veces chocan.
Hay quienes prefieren el español y apenas utilizan el inglés.
Hay quienes se sienten más cómodos en inglés.
Y hay muchos, entre los cuales me incluyo, que habitamos ambos espacios al mismo tiempo.
No siempre de manera perfecta.
No siempre sin fricción.
Pero sí de manera real.
Durante distintas etapas de mi vida he leído, trabajado, estudiado y pensado en ambos idiomas. Con el tiempo descubrí algo curioso:
No pienso exactamente igual en español que en inglés.
La misma persona observa el mismo mundo, pero lo hace desde ventanas ligeramente distintas.
El idioma del corazón
Si tuviera que escoger cuál de los dos idiomas siento más cerca de mi identidad emocional, tendría que decir que es el español.
El español es el idioma de mis padres.
El idioma de las conversaciones familiares.
El idioma de Puerto Rico.
Es el idioma en el que escuché muchas de las historias que me formaron.
Cuando escribo en español siento que estoy sentado en la sala de una casa puertorriqueña conversando con amigos.
Las palabras fluyen de forma distinta.
Las imágenes son distintas.
Incluso el humor suele ser diferente.
El español me conecta con mis raíces.
Y las raíces importan.
Un árbol puede extender sus ramas muy lejos, pero necesita saber dónde está plantado.
El idioma de la exploración
El inglés ocupa otro lugar en mi vida.
No es menos importante.
Simplemente es diferente.
El inglés se convirtió con los años en el idioma de gran parte de mis lecturas, de muchas de mis influencias literarias y de una buena porción de mi imaginación.
También es el idioma en que conocí otras culturas, otras formas de pensar y otras tradiciones narrativas.
Curiosamente, muchas de mis reflexiones filosóficas llegan primero en inglés.
Algunas ideas parecen presentarse de manera más experimental cuando las pienso en ese idioma.
No sé exactamente por qué ocurre.
Quizás porque gran parte de la literatura especulativa que he leído durante mi vida estaba escrita originalmente en inglés.
Quizás porque durante años estuve expuesto a conversaciones, libros y contextos distintos en esa lengua.
O quizás porque el cerebro humano es más complejo de lo que imaginamos.
Sea cual sea la razón, he aprendido a aceptar que ambas partes forman parte de mí.
Lo que se pierde
No todo son ventajas.
Escribir en dos idiomas tiene un costo.
A veces siento que vivo entre dos orillas.
No completamente aquí.
No completamente allá.
Hay expresiones que funcionan perfectamente en español y que pierden fuerza al traducirse.
Hay ideas que nacen naturalmente en inglés y que suenan extrañas cuando intento trasladarlas palabra por palabra.
En ocasiones siento que debo dividirme para poder habitar ambos mundos.
Y creo que muchos puertorriqueños comprenderán exactamente lo que quiero decir.
Nuestra historia nos ha convertido, para bien o para mal, en habitantes de una frontera cultural.
Lo que se gana
Pero también se gana algo muy valioso.
Perspectiva.
Cada idioma es una forma distinta de organizar la experiencia humana.
Cuando aprendemos otro idioma no solo aprendemos palabras nuevas.
Aprendemos nuevas maneras de observar.
Nuevas preguntas.
Nuevas sensibilidades.
Nuevas formas de entender lo que significa ser humano.
Escribir en dos idiomas me obliga constantemente a recordar que ninguna cultura posee el monopolio de la sabiduría.
Todas tienen algo que enseñar.
Todas tienen algo que aprender.
Y esa conciencia me ha ayudado a convertirme en una persona más abierta, más paciente y más curiosa.
Dos voces, un mismo narrador
A veces me preguntan si siento que tengo dos identidades.
La respuesta es no.
Tengo una sola identidad.
Lo que ocurre es que esa identidad aprendió a expresarse de dos maneras distintas.
El mismo hombre escribe ambos textos.
El mismo hombre cuenta las historias.
El mismo hombre se hace las mismas preguntas sobre la vida, la fe, la verdad, el sufrimiento, la esperanza y la condición humana.
Lo único que cambia es el idioma que utiliza para iniciar la conversación.
Y al final, eso es lo que la escritura siempre ha sido para mí: una conversación.
A veces esa conversación ocurre en español.
A veces ocurre en inglés.
Pero en ambos casos estoy intentando hacer exactamente lo mismo:
Tender un puente entre dos seres humanos mediante las palabras.
Y si tengo la fortuna de poder construir ese puente en dos idiomas, entonces considero que esa es una de las bendiciones más interesantes que me ha regalado la vida.
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