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La eternidad de un narrador


A veces me preguntan qué haré en el Paraíso.

Soy una de las muchas personas que creen que la humanidad alcanzará algún día la perfección y vivirá para siempre en una Tierra transformada. Como cristiano y testigo de Jehová, esa esperanza forma parte de mi forma de entender el futuro.

Cuando surge el tema, una objeción aparece con frecuencia:
—¿No se volverá aburrida la eternidad?

Nunca me ha parecido una pregunta extraña. Después de todo, estamos acostumbrados a pensar en la vida en términos de décadas. Cien años ya nos parecen muchos. Mil años resultan casi inconcebibles.

Pero yo siempre respondo más o menos lo mismo:
—No para mí.

Porque si algo he descubierto acerca de mí mismo es que soy, antes que muchas otras cosas, un narrador.

Y sospecho que los narradores estamos especialmente protegidos contra el aburrimiento.

Cuando algún día despierte en el Paraíso, probablemente seguiré haciendo lo mismo que hago ahora: observando, aprendiendo y contando historias. Claro está esto, después de mis deberes para con Dios.

La diferencia es que tendría mucho más material con el cual trabajar.
Sin embargo, creo que la gente suele imaginar mal ese escenario.

Imaginan que después de diez mil años seguiría siendo exactamente la misma persona escribiendo historias similares a las de hoy.

Pero eso no sería cierto.
Después de diez mil años no sería simplemente un narrador con más experiencia.

Sería un narrador diferente.
Habría aprendido cosas que hoy apenas sospechamos. Habría conocido personas imposibles de conocer en nuestra época. Habría contemplado problemas, soluciones, culturas y formas de pensar que todavía no existen.

Las historias no cambiarían únicamente porque el mundo habría cambiado.
Cambiarían porque yo habría cambiado.
Un narrador de diez mil años no tendría simplemente más conocimientos. Tendría otras preguntas.

Quizás descubriría que ciertos temas que hoy considero importantes son apenas el comienzo de otros mucho más profundos.
Tal vez aprendería que el amor puede expresarse de formas que todavía no comprendemos. Que la amistad puede alcanzar niveles de lealtad que hoy nos parecen legendarios. Que la belleza tiene dimensiones que aún no hemos explorado.
Y entonces escribiría desde esa experiencia.
No estaría produciendo la versión número cuatro mil de la misma historia.

Estaría contemplando la realidad desde una perspectiva completamente distinta.
De hecho, sospecho que el verdadero problema de un narrador eterno no sería la falta de historias.

Sería decidir cuáles contar primero.
Imagino una tarde cualquiera bajo la sombra de un árbol.

Mientras otros conversan o trabajan, yo estaría pensando:
—¿Escribo sobre el jardinero que dedicó tres siglos a desarrollar una nueva variedad de rosa?

Luego recordaría otra idea.
—No, espera. Todavía no termino aquella biografía del físico que pasó doscientos años estudiando la estructura matemática de los copos de nieve.

Y antes de decidirme, surgiría una tercera posibilidad.
—Aunque también está aquella historia sobre la comunidad costera que aprendió a convivir con criaturas marinas que nadie conocía cuando yo era joven...

Porque así funciona la mente de un narrador.

Un agricultor estudia la tierra porque necesita una cosecha.

Un físico estudia los agujeros de gusano porque le interesa la física.

Un lingüista estudia el lenguaje porque necesita comprender cómo nos comunicamos.

Pero un narrador tiene una costumbre peculiar:

Se interesa por cosas que no le conciernen directamente.

Estudia la tierra porque podría haber una historia en ella.

Estudia los agujeros de gusano porque alguien podría perderse dentro de uno.

Estudia los idiomas porque quizás algún día necesite que una anciana viuda convenza a toda una ciudad usando una lengua olvidada.
Los narradores vivimos rodeados de posibilidades.

Por eso nunca me ha resultado convincente la idea de que la vida eterna terminaría siendo aburrida.

El aburrimiento suele aparecer cuando sentimos que ya no queda nada por aprender, nada significativo por hacer o nada hermoso por descubrir.

Pero la esperanza cristiana que encuentro en la Biblia describe precisamente lo contrario.
Un futuro donde el aprendizaje continúa.
Donde el descubrimiento continúa.
Donde la creación continúa.

Y donde las personas continúan creciendo.
Algunos temperamentos parecen estar hechos para la curiosidad infinita.

Sospecho que el mío es uno de ellos.
Por eso, cuando alguien me pregunta qué haré en el Paraíso, mi respuesta sigue siendo sencilla:
Seguiré contando historias.

Solo que, con el paso de los siglos, espero convertirme en un narrador cada vez mejor.
Porque al final he llegado a creer que la creación no es un enigma que se resuelve de una vez por todas.

Es una conversación que nunca se queda sin cosas que decir.

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