Vivimos en una época obsesionada con los datos.
Nos gustan las estadísticas, los estudios, las gráficas y las cifras. Queremos saber qué ocurrió, quién lo hizo, cuántas veces sucedió y cuáles son las probabilidades de que vuelva a ocurrir. Todo eso tiene valor. Después de todo, los datos nos ayudan a comprender la realidad.
Pero con frecuencia confundimos dos cosas que no son exactamente iguales: lo factual y la verdad.
Lo factual es aquello que ocurrió. Un dato. Un hecho. Algo que puede verificarse.
La verdad incluye los hechos, pero va más allá. Incluye el contexto, la intención, el significado y las consecuencias de cómo comunicamos esos hechos.
Dicho de otra forma: los datos son materia prima. La verdad es el uso sabio y honesto de esos datos.
Pensemos en una situación cotidiana.
Alguien dice:
—El lunes me dijiste que soy un vago.
Eso puede ser un dato perfectamente factual. Quizás efectivamente se pronunció esa frase.
Pero la conversación puede continuar de dos maneras muy distintas.
Una opción sería responder:
—Eres una persona hiriente.
La otra podría ser:
—El comentario que me hiciste el lunes me hizo sentir mal. Entiendo que quizás estabas frustrado conmigo, pero no quiero que haya resentimiento entre nosotros.
En ambos casos se parte del mismo dato.
Sin embargo, la segunda respuesta busca construir entendimiento, mientras que la primera busca asignar una etiqueta permanente a la otra persona.
El dato es el mismo.
La verdad no.
Otro ejemplo aparece con frecuencia en conversaciones públicas.
Alguien afirma:
—Los inmigrantes son criminales.
La afirmación intenta apoyarse en un dato real: algunas personas inmigrantes son arrestadas por delitos.
Pero el salto lógico es enorme. Se toma una parte y se utiliza para definir el todo.
La verdad sería algo más cercano a esto:
—Algunos inmigrantes cometen delitos, igual que algunas personas nacidas en el país. La inmensa mayoría simplemente intenta vivir su vida.
Aquí los datos siguen presentes, pero ahora están acompañados de proporción, contexto y honestidad.
Y eso cambia completamente el resultado.
Lo factual puede utilizarse para construir o para destruir.
La verdad, en cambio, siempre busca construir.
No significa ocultar errores. No significa evitar conversaciones difíciles. No significa suavizar la realidad.
A veces la verdad es incómoda.
A veces corrige.
A veces confronta.
Pero incluso cuando confronta, lo hace con la intención de producir algo bueno.
Por eso una persona puede lanzar datos continuamente y aun así generar división, resentimiento y conflicto.
Los datos, por sí solos, no poseen brújula moral.
Una estadística puede utilizarse para educar o para manipular.
Un hecho histórico puede utilizarse para comprender o para alimentar odio.
Una observación correcta puede utilizarse para ayudar o para humillar.
Todo depende del propósito con el que se comunica.
Quizás por eso la sabiduría antigua daba tanta importancia no solo a lo que decimos, sino a cómo lo decimos.
La comunicación humana no consiste simplemente en transmitir información. Consiste en relacionarnos.
Y cuando olvidamos eso, corremos el riesgo de convertirnos en personas que siempre tienen datos, pero rara vez tienen verdad.
Las personas que solo comunican datos suelen terminar aislándose. Tal vez tengan razón en muchas cosas, pero pocos disfrutan conversar con ellas.
Las personas que buscan la verdad generan algo distinto. Incluso cuando otros no comparten sus conclusiones, suelen respetar la forma en que fueron expresadas.
Porque nadie se siente reducido a una estadística.
Nadie se siente tratado como una caricatura.
Nadie se siente atacado.
Al final, lo factual nos ayuda a entender el mundo.
La verdad nos ayuda a vivir juntos dentro de él.
Y esa diferencia es demasiado importante como para ignorarla.
Si disfrutas de contenido como este, deja tu comentario, suscríbete a mi boletín, y recibirás contenido solo para suscriptores una vez al mes. También participarás de ofertas sólo para suscriptores.
Comentarios
Publicar un comentario