En un artículo anterior hablé un poco sobre los principios: esas reglas generales de vida que nacen de valores y de observaciones repetidas sobre la experiencia humana.
Pero los principios realmente no viven en los libros.
Viven en las decisiones pequeñas.
Uno puede conocer muchos principios y aun así no dejar que afecten la forma en que habla, escucha, trabaja o trata a los demás. Ahí es donde el principio deja de ser sabiduría y se convierte simplemente en información.
Por eso me gusta pensar que un principio solo se entiende verdaderamente cuando toma forma práctica en la vida cotidiana.
Por ejemplo, en el libro de los Hechos (10:35) aparece una idea conocida:
«Hay más felicidad en dar que en recibir.»
Muchas veces pensamos inmediatamente en dinero o regalos materiales, pero dar también puede significar tiempo, atención o paciencia.
A veces llego cansado a casa. Lo más fácil sería encerrarme en silencio y descansar solo. Pero cuando dedico tiempo a escuchar a mi esposa hablar de su día —lo bueno y lo malo— noto algo interesante: verla más tranquila también me trae paz. El principio funciona porque las relaciones humanas funcionan así.
Otro principio que siempre me ha parecido profundo aparece en el Sermón del Monte (Mateo 5:3):
«Felices los que reconocen sus necesidades espirituales.»
Todos tenemos necesidades interiores, aunque no siempre las admitamos. Y cuando esas necesidades son ignoradas, terminan afectando otras áreas de la vida.
En mi caso, la paz interior no ocurre por accidente. Tengo que hacer espacio para ella. A veces eso significa sentarme a solas a orar. Otras veces significa leer un verso bíblico lentamente y meditar en él por unos minutos. No siempre cambia las circunstancias, pero sí cambia mi manera de enfrentarlas.
Y hay otro principio muy humano,cuya esencia se encuentra en Lucas 6:45:
«De la abundancia del corazón habla la boca.»
Las palabras rara vez salen de la nada. Normalmente revelan aquello que llevamos dentro.
Por eso he tratado de practicar algo curioso: pensar de antemano cómo quisiera reaccionar cuando alguien me habla con coraje o frustración. No siempre lo logro, claro está, pero ese pequeño entrenamiento mental ayuda a que mi primera reacción no sea empeorar el conflicto, sino tratar de desescalarlo.
Al final, creo que así funcionan los principios.
No son frases decorativas para compartir en redes sociales ni citas elegantes para sonar profundos. Son herramientas para vivir. Pequeñas estructuras invisibles que, cuando se practican consistentemente, terminan moldeando nuestro carácter.
Y quizás ahí está su verdadero poder:
No cambian solamente lo que hacemos.
Poco a poco, cambian en quién nos estamos convirtiendo.
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