Por: Z.D. Caballero
Vivimos en una época donde se habla poco de valores… y aún menos de principios.
Sin embargo, ambos siguen operando, silenciosamente, en la vida de todos.
Los valores son aquello que consideramos importante. Son el “por qué” detrás de nuestras decisiones.
Los principios, en cambio, son el “cómo”: reglas generales que nacen de esos valores y los convierten en acción.
Y aquí está lo interesante: un mismo principio puede surgir de varios valores a la vez. No pertenece a una sola cultura ni a una sola época. Es, en esencia, un destilado de experiencia humana.
Por eso reaparece una y otra vez, bajo distintos nombres, en textos antiguos, en enseñanzas religiosas, en filosofía y en la literatura.
Cuando un principio se entiende mejor
Tomemos un ejemplo conocido:
«“Hay mayor felicidad en dar que en recibir.”»
A simple vista, parece una frase bonita. Pero si la expresamos en otro lenguaje, el psicológico, revela algo más profundo:
Cuando nuestras acciones dejan de ser egocéntricas y se vuelven relacionales, la satisfacción aumenta.
Esto no es solo idealismo. Es observación repetida.
Los principios no son ocurrencias.
Son patrones.
El problema: los principios también se deforman
No todos los principios que heredamos han llegado intactos.
Un caso claro es la llamada “Regla de Oro”. Muchos la aprendimos así:
«“No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hagan.”»
Pero al volver a la fuente en , encontramos algo distinto:
«“Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos…”»
El principio original no es pasivo.
Es activo.
No se trata solo de evitar el daño, sino de hacer el bien de manera intencional.
Y ese pequeño cambio lo transforma todo.
Ser “beriano” hoy
En el libro de se menciona a los bereanos, personas que no aceptaban lo que escuchaban sin antes examinarlo.
No eran cínicos.
Pero tampoco ingenuos.
Hoy diríamos que practicaban algo muy necesario: verificar.
Aplicado a nuestra vida, esto implica algo sencillo pero poderoso:
Volver a las fuentes.
Revisar lo que creemos saber.
Y preguntarnos si lo que hemos recibido sigue siendo fiel a la verdad que pretende comunicar.
Factual no siempre es verdad
Aquí aparece una distinción importante.
Un dato puede ser correcto… y aun así ser usado de forma destructiva.
La verdad, en cambio, se reconoce por su fruto.
Construye.
Ordena.
Da vida.
Puede sonar como un juego de palabras, pero en la práctica no lo es. Es una diferencia que se siente en las consecuencias.
Principios y escritura
Para mí, los principios no solo guían la vida.
Guían la escritura.
Son el criterio con el que evalúo lo que leo… y lo que produzco.
Un libro puede ser interesante, entretenido o incluso brillante, pero la pregunta clave es otra:
¿Qué principios está transmitiendo?
Y más importante aún:
¿Qué tipo de fruto pueden producir esos principios en quien los adopta?
Porque escribir no es solo comunicar ideas.
Es sembrar estructuras de pensamiento.
Y los principios… son las semillas más duraderas que tenemos.
Para cerrar
Quizás no podamos controlar todo lo que ocurre en la vida.
Pero sí podemos decidir bajo qué principios vivimos…
y bajo cuáles escribimos.
Porque, al final, ambos procesos son el mismo:
• elegir qué sembrar
• y aceptar lo que eso producirá
Hasta la próxima, que tengas un excelente, hermoso y bendecido día, no importa lo que ocurra hoy.
Comentarios
Publicar un comentario