Cada artesano usa herramientas.
Y ellas son valiosísimas para él o ella, pues sin ellas su labor se vuelve difícil, y a veces hasta imposible.
Mi padre, fue carpintero, entre tantos trabajos que hizo. Recuerdo que había herramientas que tenía de mucho tiempo: un serrucho favorito, unos formones gastados pero muy afilados, su escuadra que ya no tenía números pintados en la superficie, pero todavía sabía lo que era un ángulo recto. Con esas y otras herramientas, mi padre hacía maravillas: gabinetes, muebles, casas enteras. Y supongo algo de esa forma de tratar a las herramientas fue heredada por su hijo, yo.
Como ya saben, soy escritor, y como me ha tocado serlo en el siglo XXI, uso dispositivos digitales para ello. Claro, cuando comencé a escribir lo hacía a mano, estilo siglo XIX, pues no tenía ni para una máquina de escribir, pero aún entonces tenía un tipo de papel favorito, una pluma que usaba hasta la última gota de tinta, y tenía que ser de cierta marca y grosor de punta. Era parte de mi ser como escritor.
Pero con el tiempo me fui modernizando, según mis dineros me lo permitían. Mi primera “computadora” fue una pequeña laptop, estilo notebook, de la marca Hewlett-Packard, que compré en internet, por unos $100.00 USD, y no era el último modelo. De hecho estaba como 4 o 5 años en desuso. Pero para lo que la quería funcionaba bien. Y ahí, en esa maquinita, escribí muchas cosas, hasta que por fin redacté y sometí a publicación El nómada de Southmoor, mi primer cuento publicado.
Aquella máquina con el tiempo perdió la capacidad de desplegar la información en su pequeña pantalla de once pulgadas. ¿La retiré? Para nada. No tenía dinero para una nueva. Así que fui a una tienda de segunda mano, compré un monitor antiquísimo (creo que era de los años 90’s), y lo injerté a mi sistema, que ahora no era móvil, y seguí escribiendo. Aquella pequeña compu me sirvió cerca de siete años. Entonces compré una laptop más grande y moderna, pero tampoco de último modelo.
Esta duró solo un año. La pobre fue víctima del Huracán María, y se ahogó en la inundación que resultó de aquel trágico evento atmosférico. Así que hubo que reemplazarla, en 2018, por otra igual. Y desde esa les escribo esto hoy.
Sí. Mi herramienta principal de escritura tiene ya ocho años de servicio y es un modelo que salió al mercado hace diez. La pobre, es una laptop, tiene su pantalla permanentemente en modo abierto, con cinta adhesiva, pues sus goznes se partieron hace tiempo. Pero todo lo demás funciona bien. Así que seguimos escribiendo en ella.
También tengo una computadora de escritorio en mi oficina, pero ya es parte de mi proceso escribir en la sala mientras escucho música en calma. La laptop me permite hacer esto, y se siente como que estoy en una conversación con mis lectores, no dictándoles material desde mi escritorio. Es más íntimo así.
Hay algo maravillosamente literario en los bellos pensamientos, la reflexión espiritual, la perspicacia literaria que surge de una máquina medio resucitada, sujeta con cinta adhesiva.
Ese es mi estilo, la verdad.
Y quizás sea apropiado. Mi filosofía de vida parece indicar cada vez más que la utilidad, la sinceridad y el propósito importan más que las apariencias. Incluso mi laptop participa ahora de esta visión del mundo.
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Hasta entonces, que tengas un excelente, hermoso y bendecido día, no importa lo que ocurra hoy.
— Z.D. Caballero
Orocovis, Puerto Rico

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