Hay momentos que, vistos desde afuera, parecen pequeños. Un enlace publicado. Un libro disponible en una tienda digital. Una portada que aparece en una pantalla entre millones de otras.
Pero para quien estuvo presente durante el proceso, esos momentos tienen peso.
Anoche, mientras me preparaba para dormir, recibí el correo de Amazon notificándome que La isla de la pereza ya estaba disponible en Kindle. Después de tanto tiempo trabajando en silencio —escribiendo, corrigiendo, dudando, reorganizando ideas y aprendiendo sobre cosas que jamás pensé que tendría que aprender— el libro finalmente salió al mundo.
Y sí, confieso algo: me convertí en mi primer cliente.
Compré mi propio libro.
Quería verlo como lo vería cualquier lector. Abrirlo, recorrer el índice, probar los enlaces, sentir el ritmo de la lectura fuera ya del manuscrito y dentro del objeto terminado. Y mientras leía los primeros capítulos, me ocurrió algo curioso: dejé de verlo como “el proyecto” y empecé a verlo como un libro de verdad.
Creo que ahí fue cuando entendí que una etapa había terminado.
La isla de la pereza no nació como un ejercicio literario ni como un intento de “tener algo publicado”. Nació de la necesidad de entender ciertos procesos humanos desde adentro: el desgaste, la fragmentación, el cansancio prolongado, la disciplina mal entendida, y también la posibilidad de reconstruirse poco a poco sin convertir la vida en una guerra permanente contra uno mismo.
No escribí este libro porque piense tener respuestas perfectas. Lo escribí porque necesitaba ordenar experiencias, observarlas con honestidad y tratar de encontrar una forma más integrada de vivir. Si el libro logra acompañar a alguien en ese mismo proceso, aunque sea un poco, entonces habrá cumplido su propósito.
Hoy hice un anuncio silencioso en WhatsApp e Instagram. Sin grandes campañas ni mucho ruido. Honestamente, creo que las cosas importantes rara vez necesitan gritar.
Ahora el libro empieza un recorrido que ya no me pertenece del todo. Llegará —o no— a las manos de quienes tengan que encontrarlo. Y mientras eso ocurre, yo sigo trabajando. Porque escribir, al final, no era llegar a este momento específico. Era aprender a caminar de esta manera.
A quienes me han apoyado, escuchado, leído o acompañado durante este tiempo: gracias.
Y sobre todo, gracias a Dios, que me ha permitido llegar hasta aquí aun en temporadas donde pensé que no podría hacerlo.
Si La isla de la pereza resuena contigo, puedes encontrarla aquí:
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